Dejar la clave del WiFi a mano. Es lo único que voy a dejar funcionando. Mi casa, aunque luminosa, es una especie de cueva. Siempre la llamé mi paraíso, mi edén, mi refugio. Si me detuviera a describirlo nadie entendería cómo me atrevo a dejarlo. En realidad, hago una pausa y dejo todo en manos de personas que jamás lo vivieron como yo pero me conocen y por tanto, lo conocen. La lista empezó a la par de mi decisión de irme. El lavarropas colgó un aviso: “No me toques enchufado, pateo” ¿Quién lo usaría mientras no esté? Cada persona estará de paso. ¿Cuánto se puede ver estando de paso? Al principio todo podría ser novedoso y completamente ajeno pero yo conozco cada una de sus marcas. La humedad detenida, la pintura despegada, los olores. Hay cosas que también decido no mirar, sé dónde no tengo que mirar. Donde no quiero.
Me paso días enteros haciendo listas de lo obvio. La llaves de paso en el punto justo para que no provoque un desastre, los repuestos del filtro de agua, el cajón de las herramientas. Vago por mi casa buscando en los rincones todo aquello que quise evitar y aún así no logre desprenderme. ¿Por qué será que guardo aquello que me hizo daño? Tengo regados momentos por mi casa como una suerte de archivo de frases e ideas que quizás algún día utilice cuando escriba algo. Algo más, no esto. Esto debería ser un manual de uso de mi casa. Como si alguien, alguno de los portadores de la llave, no supieran usar una casa. Pero no es una cualquiera, es mi paraíso. Al menos lo era. Le puse tanto de mí que el día que dejé que otro la arreglara casi termino habitando la oscuridad absoluta. Ese día perdí el control y me costó años volver a tenerlo. Quizás por eso decido irme, hacer una pausa, reencontrarme fuera de él.
Las listas se suman y me distraen todo el tiempo. En la oficina también estoy haciendo un manual. En 40 años de empresa nunca hubo uno. El conocimiento se pasaba verbalmente. Estoy inmortalizando un trabajo que estoy a punto de dejar, como mi casa. Me gustaría ponerle una leyenda que diga: Así me funcionó a mí, trate con cuidado.
-Cerrar el gas -¿es una obviedad? Todo lo que para mí es rutina puede no serla para otro. Me aclaro constantemente que suponer es un mal hábito, sin embargo, es un disparador de escenarios. Supongo que lo importante sería, después, corroborar.
-Térmica de las luces del patio. Cuidado al abrir. Hace corto el farol a la derecha de la puerta. No tocar los caños- Es que acá se fueron por el aire las promesas de quién hacía la instalación “Estos caños aíslan la tensión y no te va a dar una patada si hay un cortocircuito”. Anécdota para no llevarse la sorpresa que me llevé yo el día que sin querer lo toqué.
Es curioso, uno hace manuales y listados de las cosas que aprendió a darle una vuelta, un paso más rápido, una advertencia sobre un algo que forma parte de un todo. No hacemos manuales de los seres vivos (y qué bien vendría que algunos trajeran un manual debajo del brazo). Sobre mi gata nada escrito hay. A ella con llevarla a la casa de mis padres parece bastar. A veces le cuento a mis viejos qué cosas le gustan a Nina, pero ella, a lo largo de las visitas, ha creado su propia forma de comunicación con ellos, su propio manual de mimos y limites. Si tuviera que hacer uno sobre mí seguro estaría lleno de letras chicas y notas al pie para indicar en un apéndice: “Para saber más sobre este momento en su niñez ver página tanto” “En anexo tres se pueden ver las historias repetidas por usar el mismo patrón”.
Volviendo a mi edén. Podría seguir escribiendo advertencias, formas en las que yo pienso que mi casa se sentiría más cómoda de ser usada y que no se percatara de mi ausencia y empezara a llamar la atención por medio de roturas. Que sus cicatrices sigan detenidas al menos hasta mi regreso, aunque a mi regreso de seguro le voy a pedir que me dé un respiro y disfrutemos el reencuentro. Yo de seguro la mirare con otros ojos, y con suerte, con la misma emoción cuando la vi por primera vez, que iluminada, en un día gris, me invitó a compartir la vida.
