Hace tres años experimenté una terrible angustia e insatisfacción por mi vida. Creo que desde que nací estuve siempre bajo la presión de “deber estar bien”. Siempre tuve muy poco lugar para la queja, la tristeza, el inconformismo. Yo debía estar bien, por mí o para mí, pero sobre todo para el resto. Era la “embajadora” de la familia, la optimista, la que tenía todo resuelto. La que tenía que resolver, interceder, alegrar, salir adelante, hacer reír y, sobre todo: Ser la nena buena.
A los 36 años se me fue todo al carajo. Me cansé de todo y de casi todos (y créanme que sigo bastante). Lo que mas me costó fue aceptar que podía estar cansada, harta, enojada, ser pesimista, no querer sonreír, estar desconforme, angustiada y hasta dejando de querer desde amigos hasta familia. No era normal para mi tener todo este bagaje de mierda encima, no sabía cómo hacer, cómo quitármelo. Al poco tiempo empecé terapia.
Al año sabía que gran parte de mi angustia era, efectivamente, porque vivía una vida que no quería. Ya no quería mi ciudad, ni gran parte de mi entorno y mucho menos mi trabajo. Empecé entonces a buscar dónde, cuándo y, sobre todo, en quién deseaba ser.
Me costó, y aún me cuesta, encontrarme conmigo misma y entender que todo lo que sienta fuera del mandato de “tener que sentirlo”, está bien. Todo lo que nazca, auténticamente de mí, está bien.
Está bien que la sombra se manifieste y está bien que no sepa que hacer con ella mas que abrazarla, está bien que me sienta completamente sola y aprenda con eso a pedir ayuda. Está bien que no quiera ser nada de lo que otros soñaron que sería, ni siquiera mi yo del pasado.
Todo este proceso, todo este camino, recién empieza y está bien que haga mil duelos mientras “muero”, mientras dejo el capullo, mientras me desordeno para volver a armarme.
