Esta es la historia de una cachorra como muchas otras en la ciudad.
Hacia tiempo esperaba ser adoptada y como es normal mientras esperaba se paseaba de hogar en hogar.
Al comienzo le resultó muy interesante. Cada hogar nuevo era un mundo único y lleno de juegos. Y aunque con el pasar del tiempo podía sentirse muy desalentador se ponía ansiosa con cada encuentro.
Ella se presentaba ante cada nuevo dueño de la misma manera: cariñosa, juguetona, curiosa. Le fascinaba encontrarse en miradas felices, complacientes, tiernas y aunque alguna vez haya temido de la brutalidad del trato de esos pasajeros dueños, cada uno que aparecía era una nueva oportunidad.
En los retornos a la soledad encontraba cientos de personas que le decían: “Sos tan linda y obediente” “A cualquiera le gustaría tenerte a tu lado” «Sos tan compañera» «Ya vas a ver cómo llegará tu dueño y amarás tu hogar”. Sus ojitos brillaban al imaginar ese día. Pensaba cuánto amor iba a poder dar, como su colita iba a recibir alegre a quién le diera un lugar, cuántas aventuras iban a tener, tantas cosas nuevas para aprender!. Se llenaba de energía y felicidad con tan solo pensar que algún día, el menos esperado como le decían, alguien iba a decidir regalarle eternidad.
Cuando sus camaradas le decían que era normal lo que le sucedía porque todos eran iguales, ella no lo creía. Sabía bien que no era así. Había visto, tenido y amado tantos dueños diferentes. Ella había descubierto que todos habían despertado nuevos sueños.
En los umbrales que solía descansar recordaba a veces cada casa vivida. Recordaba como algunas estaban llenas de alegría y aventura, como en otras tuvo que llorar a escondidas lamiendo sus heridas y en otras pocas se había acurrucado durante días.
Su desaliento de repente cobraba un poco más de energía porque se sentía tan agradecida! y mientras crecía y parecía que se estaba alejando de ser la elegida, ella sentía que no sería el que vendría un dueño más, sino su compañero por el resto de su vida.
