Volverme a mirar.

Hubo un tiempo, no tan pasado, en el que no podía detenerme, no quería hacerlo. Detenerme hubiera sido dejarme arrastrar por el dolor, la incertidumbre y el miedo voraz de darme cuenta que aquello que sentía, que aquella insuficiencia de la que me creía portadora, era tan real como la piel que cubría mi cuerpo.

Me desconecté de mí, abandoné mi cuerpo y eventualmente dejé de mirarme al espejo. Y por mirarme al espejo también incluyo relacionarme con otros seres humanos. Salvo los seguros, los que sabían y entendían de esta huida y esperaban pacientes que volviera a conectar. 

Creo recordar el día que volví a conectar conmigo. Fue de a poco. Juntando frases en un cuaderno o varios, volviendo a bailar en casa, sonriéndole a un recuerdo para sentirlo más fuerte. Y ahí, en ese conectar, entendí que el dolor debía atravesarme varias veces más. Que el duelo iba a durar aunque yo lo quisiera evitar, que los espejos esperaban a que levantara mi mirada y que dependía de mí abrazar lo que su reflejo me devolvía. Entendí que el agua y algunos acordes de música servían para transportarme y que detenerme era necesario, porque mi entorno, mi vida, había cambiado y de alguna forma, para siempre. 

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