Manual de los reencuentros o algo así (parte I)

Tengo dudas si los afectos se reencuentran o continuan como si nada o todo hubiera pasado. El amor puede ser tan inmenso, el enojo también.

Me maravilló abrazar a dos de mis amigas y sentir sus latidos. Otra vez, el amor puede ser tan inmenso.

Sabía que volvía al ojo de una tormenta de temas que no deseo mencionar. Lo que no sabía es que la fragilidad de la salud de mi padre me iba a sacudir las emociones a punto de silenciarme como nunca jamás.

Mi casa me esperaba con algunas mañas, esas sí las esperaba. Lo que ella no se imaginaba es que mi valija venía cargada de cambios y muchos iban a caer directamente sobre ella. Mi madre, como hace más de cuarenta años, me tomó de la mano para dar los primeros pasos.

Todavía me cuesta pronunciar Galway o Irlanda sin sentir que voy a desarmarme. Me pesan los ojos de lágrimas que me niego a soltar. 

Tengo una carga diaria limitada de energía y a veces prefiero que no me pregunten cómo estoy porque sé que en mi respuesta mentiría y haría lo que fuera por no leer o escuchar como el otro cree que debería sentirme. 

Tenia mucho miedo de reencontrarme con una versión que había dejado antes de partir. Si en algo fue exitoso mi viaje fue que aprendí a vivir sin esa parte de mí. 

Entre papeles y cuadernos me reencontré con mi novela. Leerla fue volver a sentir la magia que Irlanda provocó en mí aún antes de conocerla. 

Tengo total y absoluta certeza, que a pesar de desear con cada milímetro de mi ser estar en otro lugar, estoy donde debo estar en este momento de mi vida y por eso, debo estar agradecida.

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