Cuando estaba preparando mi viaje a Irlanda y pensaba en mi futuro en este país, negocié continuar trabajando solo unas horas en la empresa familiar para poder pagar un alquiler y continuar viviendo sola. Todos sabemos cómo fue en realidad ¿no?
Las pocas horas nunca fueron pocas y eso hizo y aún hace, que construir la vida que deseo sea un poco más desafiante, y el alquiler, bueno, encontré un lugar pero venía con un irlandés incluido.
No pasó mucho tiempo conviviendo con este ser humano para darme cuenta que estaba siendo una persona realmente afortunada.
Anoche pensaba en la cantidad de horas que pasamos en la cocina hablando de una incontable variedad de temas. Este completo desconocido se ha convertido en una de mis personas favoritas.
Una de las cosas que disfruto un montón son sus preguntas. Nunca vienen de la nada, vienen de la observación, de escuchar con atención lo que cuento. ¿Cuándo sentís que dejó de gustarte Buenos Aires? ¿Qué pasó que siendo una ciudad tan linda ya no la ves cómo tal?
Si nunca hubiera tenido pasión por la escritura, creo que acá hubiera desarrollado igual cierto interés. Una lista de preguntas a modo disparador para sentarme frente al río o el mar y contemplar las respuestas. Repreguntarme, reformular, crear un mundo paralelo que dista de ser un “qué hubiera pasado sí” si no que conecta mi pasado con el próximo paso mientras quedo detenida, casi suspendida en una imagen de mi presente.
