Hace unos meses adopté registrar mis rutinas por categorías. Las dividí en salud, creatividad, capacitación e ingresos.
Estas categorías son las de mayor incidencia en mi vida. Los pilares sobre los cuáles se construyen mis días. De manera separada, y ya de forma digital, tengo armada la agenda semanal con todo aquello que debo hacer, sé que probablemente un lunes no registre que tuve un proceso de escritura o que di una clase de español, porque generalmente estos días no sucede.
La idea principal de este registro es, por un lado conectarme conmigo a través del papel, de mi escritura. Por otro, sentirme satisfecha al finalizar el día o la semana. Ver aquellas cosas que hice para mí. Poner un simple tilde y agradecer que en la semana tuve al menos una cita con mi artista (si querés otro día te cuento sobre esto) o que estudié algo nuevo. Al cerebro le encantan estas cosas. Le encanta ver cosas concluidas, completas (y a un cerebro con ascendente en Virgo ni les explico cuánto jaja)
Pero estos registros tienen algo más profundo, esconden una segunda lectura, un análisis. Un sábado cualquiera, hace unas semanas, me sentía muy feliz, desbordaba de felicidad y sabía que esa sensación venía de toda la semana, era como una bola de nieve que se había ido formando a lo largo de los días. Según yo, no había hecho nada fuera de lo normal. No había conocido a nadie, ni salido con amigos, ni viajado, había simplemente existido. El domingo, como cada domingo, tomé mi bujo para armar la semana y me detuve a observar mi registro. Esa semana, de desbordante felicidad, había escrito todos los días. Había alimentado mi creatividad, la había dejado ser… me había dejado ser.
Las / los invito a practicar estos registros, a tenerse en cuenta, a observarse, agradecerse por lo que hacen por ustedes, pero sobre, a darse el lugar para dejarse ser.
