Cuando andaba un poco sin rumbo y buscando las mil maneras de liberarme de mi trabajo heredado, empecé con una notable voracidad por los cursos y talleres. Ya tenía en mi haber una tecnicatura en periodismo y una casi licenciatura en peritaje y valuación de obras de arte, además de varios cursos de administración, pero eso, eso era parte del pasado y ¡quería más!.
La gula era tal, que me titulé: “Señorita cursito”; y es que claro, tenía tantos hechos y por hacer, que el título me cabía de maravilla.
Este año, en uno de mis viajes hacía adentro, me encontré con un campo colmado de preguntas ¿lo necesitas o te estas evadiendo? ¿Qué vas a hacer con esto? ¿Lo vas a poner en práctica a medida que lo vas haciendo o vas seguir posponiendo porque te falta algo para empezar? ¿Acaso eso ya no lo sabes? ¿Te acerca o te desvía de tu propósito? ¡¿Para qué?!.
Varias de mis respuestas viraban a un encuentro infumable con el mal conocido “síndrome del impostor” (en los 90 seguro lo llamábamos inseguridad, falta de huevos o algo de eso). Lo cierto es que, mucho de lo que hacia, no lo hacía solo por la búsqueda del conocimiento (algo que amo), lo hacia para postergar lo que ya, en mi vida, era impostergable: hacer, crear esa nueva realidad.
Ser espectadora es maravilloso y tiene muchísimos beneficios, pero pasé mucho tiempo haciendo rituales alrededor de la observación y poco me atreví a usar todas las herramientas adquiridas.
Cuesta un montón discernir cuando estás en un proceso de cambio. Cuesta entender que a veces no hacer, es mejor que estar haciendo sin sentir, cuesta encontrar el equilibrio entre la libertad y las rutinas nuevas que vamos mechando. Cuesta recrearse, reinventarse, renacer de tu propio vientre y experimentar una nueva vida.
Cuesta cientos de horas, amistades, amores, familia, lazos, renuncias. Cuesta todo lo que te puedas imaginar que pueda costar pero créeme que vale cada suspiro.
