Sentir que algo está por suceder pero nada sucede.

Hace un años volviendo hacia Buenos Aires en un vuelo desde Jujuy, el avión que estaba a punto de aterrizar, dio un giro inesperado y brusco hacia el Río de la Plata. Quedamos con una ventana mirando el cielo y la otra el rio prácticamente.

La gente empezó a gritar y preguntarse qué estaba pasando. Yo, que siempre había dicho que morir en un vuelo sería una muerte elegida, me quedé en silencio. Venia mirando cómo varios vuelos se disponían a aterrizar en Aeroparque esa noche y tan catastrófica como la gente que gritaba en ese momento que íbamos a morir, yo pensaba: ahora nos golpea un avión, ya va a pasar, en cualquier momento. De más decir que nada sucedió. Que el viento de esa noche era tan fuerte que cuando el piloto notó que nos sacaría de pista y seríamos un LAPA más, se alzó con el doble de potencia y salió hacia el río. 

Cuando me bajé a buscar la mochila, mis piernas y mi cuerpo temblaban como nunca. Al fin y al cabo, no quería morir de esa manera y casi de ninguna. Y sobre todo, no quería volver a tener esos pensamientos en mi cabeza nunca mas.

Me mentí un par de años después. Ese maldito año previo a la pandemia que tuve que escaparme para volver a querer vivir. 

Hace días, sintiendo la asfixia que trae dos años de pandemia y el sinfín de exigencias y controles de todos lados, me sentí cómo ese día en el avión. Con esa sensación de que el peor golpe está por suceder, pero no sucede. Y me pregunto ¿cómo es que nos llegamos a sentir así? Porque sé que no soy la única, porque todos de alguna manera nos estamos sintiendo así. Las pausas, los momentos cargados de incertidumbre, son como esos minutos de completo desconocimiento y nos asusta tanto, nos llena de tantas preguntas, miedos. Y terminamos  deseando el fondo de todo para resurgir,  ese golpe final que nos permita renacer.

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