Mirar hacia dentro con la misma ilusión que hacia afuera

Me gusta mirar por la ventana. Observar el cielo, las nubes, la punta del ficus que nace en el cantero de mi patio. Y cuando empiezo a bajar mi mirada hasta llevarla adentro nuevamente, todo parece perder un poco de magia. El revoque que falta, el caño de ventilación que cruza mi techo, la pared que tiene filtración, las cosas que tengo que limpiar. Ya no recuerdo el cielo azul y olvidé que hacía minutos me había perdido en una nube que simulaba ser una pincela distraída.

Podría estar solo contando un momento en el que me dejé ser. Qué dejé mi mirada se sorprendiera y mi juicio no intervenir. Un momento en el que no esperé absolutamente nada. Pero no, nunca me permito la completa libertad. Y acá estoy, viendo, que esa mirada, no es más que una metáfora de lo que hago conmigo. Un día cualquiera mi reflejo en un espejo puede tirar al aire un halago, sin embargo, atropellado por la urgencia de la mente, el juicio entra y empiezo a listar cada defecto que parece incomodarme. El revoque que me falta, las amarguras filtradas, los pensamientos que tengo que limpiar, la magia que siento que no tengo.

¿Por qué somos tan duros con nosotros mismos? A veces siento que ni siquiera nos agradecemos. Qué es más fácil agradecerle a otro por algo, que a nosotros mismos por haberlo intentado. Que no creemos ser una creación distraída digna de ser vista. 

Los invito a agradecerse, agradecerse por haberse permitido mirar más allá. Por haberlo intentado, por soñar. Los invito y me invito a mirarse con compasión y sin juicios, al menos de a ratos, al menos distraídos. Encontrarse, dejarse ser y permitirse, permitirnos, sorprendernos.

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