Siempre me costó sentarme a leer o incluso estudiar. En esto era la marcada oveja negra en mi familia. Nadie era así. Todos eran o habían sido buenos estudiantes, devoraban los libros como un buen almuerzo y tenían la conducta de sentarse horas a realizar un trabajo. Yo, sin embargo, esperaba el momento límite, la falta de opción para sentarme y llevar a cabo una tarea. Lo hice hasta en la universidad e incluso en mi trabajo y aún hoy a veces vuelvo sobre esa conducta.
Cuando lograba no desperdiciar el tiempo y sentarme a leer o estudiar y eso traía resultados positivos en mis trabajos o incluso notas, escuchaba: “capacidad te sobra” “era obvio porque esto ya lo sabías” “el profesor regala nota”.
Parecía que aún haciendo un esfuerzo que iba en contra de lo que para mi era natural y por natural digo: dispersión, creación de excusas, universos paralelos a la realidad, iba a venir un comentario igual de desalentador que si me hubiera sacado una mala nota.
Si yo hubiera sido una de esas personas que no presta atención a lo que otros dicen, mi vida de seguro hubiera sido más libre. Pero no. Fui y soy lo que soy y lo más sano que pude hacer fue aceptarme así, con las necesidades de aprobación a flor de piel y la eterna exigencia de vencerme.
Cuando me liberé y perdoné, empecé a vencerme desde el amor. Me expuse a sabiendas que podía venir lo que fuera desde afuera y aun así yo iba a poder conmigo, me liberé y vencí mis miedos el día que decidí unirme a un taller literario, con el pánico de que mi pasión por la escritura quedara perdida en correcciones y criticas (que adelanto fue la mejor decisión de mi vida como persona amante de la escritura) y me liberé tanto que empecé realmente a creer en mí. A disfrutar, a leer para encontrarme, a escribir para acompañar. Y todo, absolutamente todo, se encontró en armonía, incluso la necesidad que pasó de buscar la mirada externa del resultado a encontrarse casi en su totalidad satisfecha por el proceso vivido.
