Soy una convencida que cada persona que pasa por nuestra vida viene a enseñarnos algo. Un algo que puede ser desde una canción hasta algo de nosotros mismos.
Cuando es algo casi tangible y fácilmente identificable, como una canción o incluso una forma diferente de hacer algo, lo vemos al instante. Es casi como un golpe de suerte. Ahora bien, cuando se trata de algo interno, algo de nosotros, cuando ese otro juega de espejo para sacar desde lo mas profundo de nuestro ser un aprendizaje, puede demorarse tanto como estemos dispuestos a bucear en nosotros mismos.
Hace poco, pasaban en mi vida dos situaciones que me encontraban conmigo misma. Por un lado una persona me decía no querer perder tiempo conmigo y por otro, la persona por quien yo hubiera perdido todas mis horas y mis días con total de tener su sonrisa, me demostraba una vez más que no le importaba si yo estaba a la vuelta o a 50 km, nunca iba a ser una prioridad para él. Todo el rechazo del pasado y el presente lo tenia en mi nariz. Y a mi ego le dolía y así como le dolía no me dejaba ver que debía aprender. ¡Chicos, la próxima vengan con la lección colgada del cuello así quemo adrenalina de entrada! Qué fácil sería ¿no? Pero lo cierto es que en este encuentro conmigo descubrí, felizmente, de que hasta tanto yo no me convirtiera en el ser humano que durante tantos sueños había bocetado, rogando se convirtiera en realidad, no iba a poder sentarme con tranquilidad frente a un par. Todo lo que de afuera buscaran mostrarme, enseñarme o regalarme iba a ser un reflejo de mi sombra. Y mientras tanto, mientras siguiera postergando esa salida de mi esencia, todo lo que iba a encontrar era el rechazo, la pérdida de tiempo, el segundo o último lugar.
