Hace días vengo pensando en todo aquello que nos resuena. En esas palabras que parecen penetrarnos de la manera más profunda, generalmente venidas de otro, y que sin embargo se convierten en parte nuestro.A menudo esa predisposición a recibirlas y convertirlas en una especie de mantra aparece cuando necesitamos un último empujón y son maravillosas, pero no siempre son en un estado puro y de amor, porque lo cierto es que nosotros tampoco nos hablamos siempre de la misma manera.Retomando «El camino del artista» de Julia Cameron me encontré con el «Censor». Recuerdo la primera vez que tomé el libro, apenas vi esta palabra me dije: ¡mi padre! ¡el censor siempre fue mi padre! En mi cabeza no existía persona más censuradora de mis sueños que él pero hoy todo empezaba a escucharse, entenderse, repetirse de otra forma. Él no ha cambiado en absoluto, sigue siendo exigente, perfeccionista y a veces hasta hiriente. Hace unas semanas una de sus hermanas me corrigió una historia de Instagram diciendo: «tu padre díria» . No me dijo padre tampoco, usó sus iniciales, como indicando su autoridad y ahí, cuando ella lo usó de excusa para corregir algo que a ella le estaba molestando, me di cuenta. El censor era también el chivo expiatorio. Y en un infinito hilo de pensamientos, nudos que a veces hasta me retorcían el estomago, me pregunté: ¿en verdad crees que no vas a poder con todo lo que te proponés, que te falta siempre algo, que no sos lo suficientemente buena para esto? ¿O estás decidiendo escuchar lo que a tu inseguridad le conviene y vas a seguir masticando sueños sin hacerlos realidad?Pero hace dos años que vengo luchando por cambiar la vida que tengo por la vida que quiero y no quiero mas excusarme detrás de censores que decido detectar porque me invade la cobardía, quiero vivir con aquellas palabras que me empujan hacia mis sueños, hacer carne aquellas palabras de aliento que a menudo me regalan la fuerza que duerme en mi interior y que esperan verme vivir la vida que deseo.
