Lo exclamaba por mi barrio, una completa desconocida que de repente pasaba a formar parte de mis pensamientos. Yo venía cargando el deseo de estar en otro lugar cuando de la nada, está afirmación, tan segura, me traía al instante que estaba viviendo. Y empecé a observar mis pasos y preguntarme qué era lo que ella veía en Marcelo T de Alvear que la hiciera pensar que era igual a Av. Santa Fe, Paraná o incluso Esmeralda con sus estrechas veredas. ¿Pensaba ella en este momento en la Gran Vía o callecitas de París? Y aquí estaba, de la nada había dejado de viajar con mi mente, para hacerme presente en mi ciudad. Una ciudad que hacía mucho había dejado de amar pero que aun así se bañaba de recuerdos. Sobre todo, mi barrio, que años atrás cargaba con la presencia de un hombre que adoraba y que sin querer me regalaba momentos que hoy hace que las calles no sean iguales que otras y que sin importar la hora, pueda encontrarles un poco de magia. Pero quizás, solo se refería a esa hora, dónde muchos llevamos a cuestas el día, el sol se va apagando y nosotros un poco quizás con él. Ese momento de la tarde, esa hora, donde parece que hacemos un recambio y quienes afuera estuvimos todo el día empezamos a guardarnos y quienes han estado guardados, salen como guardianes de la noche. Esa hora, donde nos encontramos con la mirada llena de historias y los pasos quedan perdidos como en todas calles.
