El arte de permitirse intentarlo

Suelen pasar por mi cabeza cientos de ideas, pensamientos, planes. De todo lo que pasa minuto a minuto, poco queda plasmado en una acción. Sé muy bien que esto nos pasa a muchos. Cuando esta inacción se convirtió en un día a día, empecé a planteármelo todo. El planteo se convirtió en tristeza y la tristeza en una imagen empañada de mi vida y un deseo exagerado de no querer continuar. Todos mis problemas parecían estar afuera: en el estresante trabajo, en esa maldita socia que todo tiraba para atrás, en la desmedida exigencia de mi padre, en la falta de un amor correspondido, en el puto peso que aumentaba en un suspiro. 

Una noche desconsolada, viéndome patética cubierta en mocos y llanto me di cuenta que en realidad no quería morir, quería cambiar, necesitaba cambiar. Necesitaba aceptar las cosas que debían ser y poner punto final a todo lo que no me gustaba. ¿Era entonces una inconformista, una amarga pesimista? No, no lo era ni lo soy. Era una persona cansada de lo que durante años había sido y era momento de transformarme. ¿Pero cómo? Ni las runas, ni las cartas astrales ni el horóscopo ni un análisis completo de sangre iban a dar respuestas. Escapé hasta encontrarme conmigo, di con muchas respuestas que no acepté, que no me gustaron y finalmente empecé a hacerme cargo. Creo que es la primera vez que realmente me hago cargo de mí. Me cuesta, tengo que borrar años de no considerarme suficiente, capaz ni merecedora de amor, felicidad o éxito. Pero poco a poco me voy convenciendo, asimilando, que todo esto que voy haciendo por mí es suficiente, lleno de amor, felicidad y me convierte en un ser exitoso, porque al menos lo estoy intentando. 

Deja un comentario