Cuando empezó el año, quería un año de realidades y no de vanas promesas. Quería verme haciendo y no simplemente rogando al universo que me regalara la fortuna deseada. Hice planes y concreté tantos inicios como se pudieran imaginar. No solo me atreví a soñar si no que también de a poco me iba atreviendo a dar otros pasos. De repente, lo que a todos, la maldita pandemia que nos enviaba a un encierro que solo iba a durar unos pocos días. Quince se convirtieron en cuarenta y sin casi pensarlo ya vamos cerca de cien.
Por momentos usé el tiempo como una especie de muestra gratis para jugar a la vida que tanto había fantaseado, en otros, me retorcí de dolor pensando en qué pasaría si esos abrazos de despedida que había dado, fueran los últimos. Pero sobre esto, jamás me quise detener demasiado. Preferí y aún prefiero aferrarme al inevitable encuentro a diario conmigo misma, a seguir soñando, construyendo, planeado esa vida tan libre que a menudo descansa en mi regazo y espera, latente, a romper con las fronteras que aún cuando reales, siempre fueron mas fuertes en mi mente.
