La flor nunca marchita (Parte II – Publicación semanal)

Para Margarita, ya adulta, llevar una cronología de su historia no es fácil; no puede ordenar si los hechos ocurrieron seguidos uno de otros, si fueron distantes, cercanos, solo recuerda que a partir de un momento determinado se hizo consciente de que muchas cosas dejarían de ser iguales y que de alguna forma los demonios que empezarían a acechar en su vida serían eternos. 

Fijando su vista en un punto lejano intenta ir acomodando su historia. Se recuerda sentada debajo de un gran paraguas, posiblemente negro,  en la galería que estaba frente a su primera casa. Y en esa imagen fría y gris comienzan a desintegrarse partes de las que creía seguras. 

Primero la casa, con su frente de rejas verdes, y su extensa galería que conducía a una bifurcación en la que se abrían nuevos espacios y en cada uno, una historia. Su casa núcleo: donde vivían los cuatro integrantes principales de la familia, un número que pronto sospecharía que fuera real. 

La casa – oficina: un casi prohibido salvo expresa autorización de su padre, un campo de juegos con su primo en horarios permitidos o quizás libre de retos, el lugar de trabajo, del inmaculado trabajo, ese que debía hacerse en silencio, de manera continua y sin interrupciones. La casa de atrás: la que no tenia demasiada gracia pero guardaba bombones de barro, al amado perro de la familia, una gran antena de radio que seria recepcionista de un rayo y por sobre todo, la que tenia la rareza de mostrar de vez en cuando la mancha de sangre de aquella vez que su madre había caído cual saco de papas al suelo y roto sus labios, y quizás sus dientes, en esa maldita baldosa.

Margarita empieza a sentir algo en el relato que la asfixia ¿ Cómo no vio antes que estaba todo mal? Que el ingreso a su casa era por la parte trasera, que aun estando todo conectado no existía el libre acceso, que cada persona o mascota tenia un lugar determinado y que solo una persona era realmente libre. Libre de decidir quién sí y quién no era parte de esa vida. ¿Pero qué entiende o ve una niña de esto? Su memoria guarda un paraguas, un refugio, un espacio que comparte con uno de sus tíos quién con casi dos metros de altura logra acomodarse para estar a su lado, un tío que recuerda ver una ultima vez vestido de blanco apoyado en la mesada de la cocina poco antes de que el tren que escuchaba pasar frente a su casa lo hiciera víctima de su fuerza, como a tantos otros peatones de los que jamás hubiera visto su rostro. Lo que no sabía, en ese momento de niña, es que ese amado ser era un NO en su casa, que sería el inicio de muchas ausencias aunque quizás la única con un motivo y que la campana que anunciaba la llegada de la locomotora a la estación estremecería su cuerpo por el resto de su vida. 

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