La flor nunca marchita (parte I, Publicación semanal)

Margarita había aprendido a rezar por enseñanza de su abuela. No era algo que viera practicar en su casa o de lo que entendiera demasiado, pero eran de esos lazos que acostumbraría a crear entre seres que nada parecían tener en común. Como una suerte de excusa para poder sentarse al lado de quienes sentía parte de ella.

Recuerda con total claridad la primera vez que rezó con verdadera vocación. Era pequeña y sus padres estaban discutiendo en la habitación contigua a la suya. Su hermana mayor era parte del revuelo de gritos que de tan continuos y desordenados no podían entenderse, o al menos Margarita no lo desea. Arrodillada en el piso, apoyó sus pequeñas manos en el borde de la cama suplicando a Dios la escuchara y detuviera lo que estaba sucediendo. En ese instante su padre, enfurecido, abrió la puerta de la habitación saliendo casi como expulsado y gritando: «Jamás te conviertas en la mierda que son ellas» y continuó su camino golpeando todo a su alrededor desapareciendo por completo de la escena.

Sin dudarlo Margarita corrió a buscar a su hermana y se encerraron juntas en el baño. Cree que era verano, o al menos que su camisón era para esa época, pero lo que mas recuerda era que en el abrazo compartido podía sentir cada lágrima derramada por su hermana provocando un desgarro en su alma como jamás hubiera tenido. Era consciente de que el dolor del otro era más fuerte que cualquier miedo que pudiera tener respecto a todo lo que podía estar sucediendo. Esta no sería la última vez que vería o escucharía cosas que la marcarían en su vida pero sabría desde ese momento qué sería siempre más fuerte para ella ver cómo su entorno se desarmaba sin poder hacer absolutamente nada mas que rezar, pedir, rogar hasta que las tormentas calmaran, convirtiéndose así en una de las practicas más repetidas durante su vida y aunque más adelante cambiaría sus devociones y creencias bajo una religión, amaría encontrarse en profunda conexión con una fuerza superior a ella siendo quizás el único consuelo sobre esta tierra.

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