Siempre adjudiqué mi primera manifestación de escritora a un poema que escribí a los 12 años. Empezaba diciendo: “Cómo decirte te quiero si eres tan vergonzoso, si no te animas ni a hablarme”. Lo cierto es que quien no se animaba a hablar era yo. De muy pequeña me había acostumbrado a escribir lo que sentía. Hace poco viajando a mi pasado recordé lo difícil que era hablar con mi padre. Tenía y aún carga, un muro donde solo él decide cómo y cuándo uno puede hablar. Recuerdo querer decirle algo e interrumpirme con correcciones idiomáticas absurdas, carentes de sentido, cuando mi pequeña niña quería tener unos minutos de su atención. “Estoy ocupado, tenés dos minutos para decirme qué necesitas” y esos dos minutos se convertían en un castigo, en una interrupción constante de su parte que no podía evitar y que hacia que mis emociones tropezaran con la exigencia, la necesidad y la indiscutible emoción de sentirse bastardeada. ¿Cómo era posible entonces hablar? Si en el camino uno olvidaba y se arrepentía de pronunciar palabra alguna. De la mano de esto había una constante exclamación de que previo a una operación mi voz era mucho mas hermosa que antes, nuevamente ¿Para qué hablar? Así que empecé a escribir y hoy por hoy es lo que aún me sienta bien, es la libertad de decir, sin interrupciones, sin arrepentimientos y dejar que le interprete se lleve lo que necesita, mientras yo doy todo.
