Tu piel

Como adultos decidimos con qué quedarnos y qué dejar atrás. Sin embargo, durante el proceso de selección vamos descubriendo cuántas cosas fuimos haciendo un poco carne, un poco sangre, durante nuestro crecimiento.

Cuando analizo inseguridades, miedos, incomodidades siempre encuentro como si hubiera en mi historia una gota de aceite o una mancha de vino, provocada por alguna palabra dicha o vivencia experimentada, que pide quizás sea un recuerdo que debería descartar o abrazar para sanar. Esas marcas, como dicen , contienen la ambivalencia de una cicatriz: “aquí se hirió, aquí sanó”.

Pero en general se tarda en sanar mucho más de lo que uno quisiera. A esto super arraigado que arrastramos, a veces con un extrema fatiga por el peso que tiene, se le suma la diaria lucha por transformarnos.

Leemos que hay que desaprender, romper mandatos, ser libres. Y a veces hasta eso nos abruma sin encontrar hacia dónde queremos ir. Yo, “la nena que decía querer ser buena”, ¿Cómo se convierte en mujer si no quiere seguir los pasos que están determinados? Yo, “la que era nena de papá” ¿Cómo hace para patear el tablero y dejar de lado su empresa para vivir su propio sueño? Yo, que “era la que sabia sonreír pero la vaga” ¿Cómo hace para crear rutinas de orden y estudio? Yo, que “era la niña alegre y optimista” ¿ Cómo se permite el desconsuelo y la tristeza? Yo, que “era la cuadrada y poco mujer” ¿Cómo aprende a amar su cuerpo? Día a día al levantarme me aferro al deseo, voy dejando lo que alguna vez escuché tirado en el piso, como si me fuera desvistiendo para ir a dormir, a veces desecho por completo las voces del pasado como si desechara una prenda que no volveré a usar, otras veces lloro desconsolada, llena de miedos, pensando que jamas volveré a vestir. Pero cuando nada externo queda, queda mi piel. Esta piel que podrá tener cicatrices, que podrá contar historias, que le podré dibujar algún tatuaje si quisiera. Esta piel que me cubre, me contiene, que cuenta mi historia; es todo, o no es nada si no elijo cubrirla cuidadosamente con lo que deseo. Así que vayamos desechando como prendas: el pasado, los mandatos, enfrentemos nuestro cuerpo desnudo y abracemos la posibilidad de vestirlo con nuestros sueños.

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