Solía, con el alma rota, intentar unir esos pedazos en los que me había convertido. Las desilusiones que yacían en el fondo de quien algún dia había sido, parecían retornar con una nueva. Me costaba tanto amarme en ese estado. Pensaba que sí transformaba algo de mi cuerpo y me metía en una externa transformación, dejaría de doler, pero no. Todo parecía parte de un castigo. Es tan difícil creer en lo que no ves. Parece que la devota fe que uno tiene por tantas cosas se marchita por uno mismo. Pero toda oscuridad tiene un momento de luz, todos logramos despertar y descubrir quizás una pequeña simpleza que nos convierte en enormes, en dignos, en suficientes. Y en ese despertar tan lleno de magia al fin podemos abrazar nuestros pedazos, despedirlos y crearnos casi desde un principio tal y como deseamos, con una fe absoluta de que ahora, podremos con todo.
