Hace un tiempo en una charla escuché: “Nadie sana en soledad”. En ese momento mi espíritu independiente y solitario se preguntaba como podía asimilar semejante afirmación. No necesité de mucho más tiempo para encontrarme sentada en una sala de terapia esperando dejar de lamer mis heridas. Poco después me embarcaba buscando recuperar mi alma al lado de quien algún día la hubiera tenido en sus manos. Podemos pasarnos la vida entera silenciándonos, encerrándonos en nuestra propia oscuridad sin pronunciar palabra alguna, creyéndonos guerreros triunfantes de batallas en las que a duras penas pudimos ganar, siendo meros sobrevivientes, llenos de heridas que jamas vamos a sanar. Pero algo, alguien, dispara que aprendamos a sanar de a dos y de repente, el lento proceso y casi destructivo de encerrarnos a lamer nuestras heridas, se transforma en un crecimiento, en una búsqueda, en un aprendizaje. En dejar ese paraje, frio y oscuro, y aprender a compartir convirtiéndolo todo en luz.
