Hace unos años agobiada de mi vida decidí renunciar a mi trabajo. Recuerdo que no era solo renunciar a un trabajo, era renunciar a una herencia familiar intoxicada por rejuntes de personas que había deseado dejar atrás durante 20 años de mi corta existencia. Era renunciar a un mandato, a un estar debajo del pie de mi padre cada día. No era un trabajo cualquiera claro está. Junté valor, fuerza, amor propio y me fui. Si hubiera podido respirar ese año lo hubiera hecho, pero no fue así. Verán, renunciar a un trabajo es fácil, pero renunciar a los pensamientos y a la costumbre por sobrevivir un constante ahogo, a las voces que dejaron una marca durante toda tu vida, que te destrozaron el alma, las ganas, que te molieron la cabeza de par en par, acá es donde renunciar requiere de algo mas que un telegrama pero por supuesto empieza de la misma manera: con una decisión.
Dicen que «si no aprendes algo la vida se ocupará de repetirte la lección». Así es como un día como hoy mi padre rozaba la muerte y yo, que amaba mas hacia afuera que hacia dentro, volví. Volví al entorno, a la gente, a estar debajo del pie que me asfixiaba. Entendí rápidamente que mi actitud iba a ser ante todo lo mas importante, que debía dejar algunas cosas atrás, calmar mi mente. Y acá no solo se trata de tener la capacidad de ver las cosas lindas de uno y valorarse, me vale mierda una frase armada que pinta todo color de rosa, se trata también de reconocer los vicios, las necesidades enfermas que creamos sin saber, de cambiar años y años de información, de levantarse convencido, de meterle garra a pesar de que todo te diga que no. Es un trabajo diario, un despertar continuo, a veces con magia, otras con terrible agonía pero va, sale, anda y cuando no se aguanta, que se derrumbe!!
