Había empezado el año con bastante optimismo, pero con el correr de los días veía como el sentimiento, agarrado de viejas ilusiones, se iba desmoronando. La sensación de que mis sueños y las ganas de amar y ser amada se escapara como arena en mis manos me iba desgarrando, provocando una inmensa tristeza que lamentablemente tenía bastante conocida.
Cargaba con tantas desilusiones y un pasado tan oscuro que me había quedado sin ganas de intentarlo. Por primera vez, en muchos años, pensaba que seguir viviendo no era la mejor opción. Había perdido el espíritu que siempre me había motivado a buscar incesante la luz.
Una mañana, una tarde o quizás una noche busqué donde nunca antes había buscado y alguien me dijo: «No necesitas de esta oscuridad para que se note tu luz». Ahí estaba, ahí estaba el inicio, ahí estaba la respuesta que precisaba. Me armé como pude, me junté de a pedazos y empecé un nuevo camino. Esta vez debía ser diferente. Fue así como comencé a darme espacios nuevos, lugares donde pudiera ser contenida, escuchada y, sobre todo, lugares donde me encontrara. Así coroné la búsqueda con largas caminatas, inmensos silencios, profundos descansos de mi mente, momentos donde solo dejé que mi alma se permitiera sentir la luz, la vida que tanto le había robado.
