Nada de lo que digas o hagas cambiará el pensamiento de alguien que está decidido. Se lee simple y se entiende fácil pero cuando las emociones propias se encuentran involucradas, el foco de atención y hasta de comprensión carece de sentido. Hace muy poco pensando en la primera persona que me pronunció esas palabras sentí un escalofrío por mi cuerpo, como si hubiera un cierto llamado de atención en ese recuerdo. Quise negarlo y por supuesto me vi en la desesperación de querer actuar de manera diferente, de frenarme, detenerme tal vez para que el inevitable desenlace se produjera sin mayores daños. Fue imposible, de un momento a otro quien estaba decidido a borrarme de su vida procedería con un acto que sentí como un enorme desprecio. Cada uno manifestó sus fundamentos, actuó de manera decidida ante su pensamientos y sin mas pasaríamos a ser parte de un momento o quizás ni siquiera eso. Me costó varias lagrimas asimilar y aceptar la frase inicial pues inevitablemente de la mano venia un viejo y reconocido vicio: esperar del otro algo que no estaba dispuesto a dar. El esperar ha sido en mi vida una suerte de castigo, algo inconsciente que llevo conmigo, un deseo no siempre manifiesto que acecha a las sorpresas y a menudo carga con la desilusión de no encontrarse satisfecho.
