Lo maravilloso de la vida es el continuo despertar. Esa luz que invade una mañana aun cuando el cielo se encuentra cubierto de gris.
Durante años de mi vida renegué de las mañanas. Es curioso sentir que quizás me negaba al diario encuentro que tenia con mi vida, no de manera completa por supuesto, pero en su gran mayoría.
Otra vez me encontraba sentada culpando al olmo de no regalarme sus peras, sin detenerme a pensar no solo que exigía algo que no me podía dar sino que en el temple de su belleza, ahí erguido, soportando vientos y tormentas y hasta las mas fuertes sequías, el árbol no tenia mas que la resignación de ser y permanecer, mientras que yo podía cada día renacer, moverme del lugar, salir a buscar otros destinos, salir a buscar otros arboles.
Poco a poco en este renacer fui revisando cuántas culpas fueron dadas y cuantas inventadas. Cuántas veces exigí de una sombra a un árbol que en un invierno dormía. Cuántas veces en su primavera sus flores no fueron suficientes para mí. Parece que no hubiera necesidad de releer paginas aburridas o continuar con este libro que parece condenado al fracaso, pero en realidad hoy quiero darle un final. Quiero terminarlo, cerrarlo y dejarlo tirado quizás por ahí, para que cuando me encuentre sentada al pie de un árbol recuerde y disfrute de su libertad y la mía por simplemente ser.
