Cuando pienso que las emociones a veces se encuentran en una montaña rusa no solo pienso en puntos altos y bajos si no en todo el recorrido desde su inicio. Recuerdo cuando experimenté esa sensación en cada centímetro de mi ser. Apenas arrancó a una velocidad extrema sentí que mi pecho se pegó al respaldo y me oprimió tanto que temía morir en ese momento ahogada por mi incapacidad de respirar. A los pocos segundos escuché por primera vez en mi vida a mi padre putear y solté un grito sumamente liberador. El grito me oxigenaba y ese oxígeno me permitía vivir y con ello vivía la experiencia que sumó desconcierto, incertidumbre, risas y una adrenalina que dejó mi cuerpo temblando por varios minutos más de terminada la osadía. Pero no siempre suelo recordar esta experiencia. Suele suceder, cada vez con menos frecuencia, que me siento en primera fila con toda la oscuridad y negación que pudiera tener y comienzo a cometer viejos errores como si nunca los hubiera vivido. Empiezo a sentirme asfixiada, me quiero bajar, quiero apretar algún botón que detenga la maquina emocional y cuando no puedo manoteo desesperada todo lo que puede haber a mi alrededor. Arruino tantas cosas como fueran posible y lo peor, me convierto en la más temida versión de mí misma. No dejo medio ni red ni minuto a salvo dónde no manifieste este ser lleno de miedo, intolerancia e inconformismo. La calma, la pausa, de esta terrorífica montaña rusa emocional llega cada vez más pronto y aunque muchas veces haya provocado el desastre de un descarrilamiento, tengo la seguridad que devendrá más adelante en un nuevo y diferente grito de liberación que permitirá la continúa oxigenación y adrenalina por amar la vida.
