Estoy segura de que cada situación de la vida viene para enseñarnos algo. Pero forzar la lectura de la lección desespera hasta a la persona más en eje.
Si hay algo que disfruto mucho de estar sola, sin pareja, es la armonía que tengo en mi vida. La soledad es para mí una gran zona de confort. Es conocida, es cálida, fría cuando quiere pero de seguro libre de jueces. Nadie plantea esos momentos. Nadie te dice: «Esto está pasando para que aprendas algo» se da por sentado y carece de cualquier sensación de reproche ante lo que hagas.
En el momento que empezas a conocer a alguien y compartir todo esto cambia. Abróchense los cinturones porque este viaje va a estar movido. Empieza a estar lleno de lo mismo: miedos y aprendizajes, pero sobre todo de los maestros que buscaran enseñarte el camino a lo que tenes que aprender que van a ir desde escucharte hasta el fluir. Y si, uno se lleva ahí, a querer encontrar algo más que una palabra que tenga que ver con el «algo tenes que aprender». Sigo en mi zona de confort, pero esta vez reconociendo otro terreno, el que quisiera explorar, pero antes de salir a romperme la cabeza voy a disfrutar el viaje, quizás al final del mismo descubra algo nuevo sobre mí y haya confiado más en mi intuición que en palabras que quieren dictar una lección.
