Durante mucho tiempo tuve la cabeza ocupada en un hombre , ya sea el que estaba conociendo, el que había conocido o estaba ansiosa por conocer. Consumía una gran parte de mis días y noches pensando cuál sería el siguiente paso, cómo o qué haría para conquistarlo. Era un manojo de pensamientos llenos de inseguridad que no lograba ni por un segundo relajar y aceptar lo que yo era. No importaba como yo fuera. No pensaba en mí si no que depositaba toda mi energía en buscar ser como él quisiera que yo fuera.
Recuerdo haberme mimetizado varias veces en gustos musicales o hobbies con estos seres que ante mis ojos parecían increíbles personajes creados para mi , cuando en realidad eran el fatal desapego con mi propio ser. Años, duró años este encuentro con los hombres y desencuentro absoluto conmigo misma, hasta que un día no hubo nadie en quién pensar más que en mí.
No planee que ese momento llegara, no lo esperé ni desee pero de repente me encontré en absoluta soledad conmigo misma. Si hubiera sabido que ese encuentro, que al principio estuvo lleno de dolor y criticas hubiera sido tan bello, tan lleno de amor, hubiera quizás ido un poco más rápido. Pero como todo en la vida, llega en el momento que debe llegar.
Cuando me encontré estaba lista para mi, lista para ser compasiva cuando debiera, crítica cuando fuera necesario pero sobre todo abierta a cambiar si así lo sintiera. Sigo transitando este camino de completo amor propio. Por momentos me pregunto si lograré conservar esta conexión en el caso de que alguien más llegara a mi vida pero en la mayoría de mi tiempo me dedico a disfrutar de este camino, de este encuentro, de este amor sin dudas ni complicaciones, sin disfraces ni necesidades. De este amor, puro y sanador.
