No importa el resplandor del cielo, ni el paisaje que tus ojos puedan ver; si tu alma amaneció entre las nubes, allí quedará hasta que decidas realmente despertar. Durante días había estado abriendo mis ojos y pasando el tiempo sin sentirlo hasta que me encontré en un espejo. Me miré fijamente y me dije: te quiero de verdad. A los pocos segundos me empecé a sentir incómoda, no porque me costara quererme si no porque mi mirada estaba llena de desprecio, parecía un juez que me sentenciaba por no estar haciendo nada con mi vida, como si estuviera muerta, colmada de un vacío que empezaba a hostigarme por no estar caminando en pos de mis deseos. Mi mirada exclamaba que pusiera un punto final y realmente despertara. Aunque despertar me llevara a abandonar el descanso y golpearme con la realidad, sin dudas me conduciría a concretar nuevos sueños.
