Los encuentros casuales en el bar del pueblo. El cruce de miradas en la plaza principal. Las piedras en el postigo de la ventana. Las charlas por teléfono durante la noche. El amor fluía casi sin proponértelo. No esperabas verlo conectado, no te enmudecías ante unos tildes azules y una falta de respuesta. Te arriesgabas, suspirabas, y participabas en la búsqueda del encuentro. Te sentías exitoso si todo salía como te imaginabas y si por algún motivo tus planes no se concretaban soñabas con el próximo día.
Las oportunidades no parecían estar limitadas. No necesitabas inmediatas definiciones. Vivías el día a día disfrutando de lo que se daba porque todo se daba de alguna forma como una sorpresa y con una natural espera de que el cosmos hiciera lo que debía hacer, aunque por aquel entonces le pusiéramos otro nombre a esa magia de coincidir.
Suelo sentir nostalgia por ese sentir pasivo de vivir el día a día sin esperar más. Suelo estar tan atenta a la inmediatez y constante cambio del mundo que olvido la magia de ver a alguien como solía hacerlo: un viaje al destino deseado. Olvido la maravilla que era compartir una charla que durara horas. Escuchar realmente la otra voz, sus tonos, sus silencios pausados, mi nudo en la garganta para después, poco o mucho después, cruzarnos y sentir la casi indescriptible emoción de sentirlo parte de mí, aunque fuera por un abrazo descuidado en la calle y no saber, no saber si nos besaríamos pronto o pasarían días o semanas más.
Nada se daba de inmediato, lo poco era suficiente, lo que fuera era el mundo y el deseo se construía para la eternidad.
