Durante días había padecido de una intensa angustia que me desbordaba el pecho. Era un dolor tan punzante que podía sentir como cada segundo algo de mí se desprendía dejando cada vez un poco menos de lo que era. Sabia exactamente que nunca más volvería a ser la misma después de esto, que me estaba convirtiendo en un todo de cientos de pedazos.
Y rezaba, y rogaba y exclamaba desesperada que por favor todo eso se terminara. Ya no quería que él me amara, quería que mi dolor se terminara.
Durante casi diez años había esperado, contemplado y deseado que por algún milagro él aprendiera a mirarme y que en esa mirada, encontrara en mí todo lo que un hombre podía amar en una mujer pero esa noche, en la que mi deseo era mi desgarro, vi una luz de amor propio que con desesperación pedía a todos los santos cuidar mi corazón.
Todo lo que temía pasó esa noche. Recé por mí, por mi valor, por dejarlo ir y tal como lo sospechaba, nunca volví a ser la misma y hoy me encuentro entera, feliz, completa, agradecida.
