Hace tiempo que dejé de preguntarme cómo fue que casi ninguna relación con los hombres que pasaron por mi vida prosperó y ciertamente dejaron de consolarme las absurdas frases: “ya llegará”, “está cada día más cerca”, “al menos te sirvió para aprender” y tantas otras.
Empecé a reconocer que por mucho que me agradara a mi misma tampoco era nada fuera de lo normal y que existía, en las posibilidades del universo, el plan de que permaneciera soltera por el resto de mis días.
Es increíble porque cuando una dice esto: “quizás el estar en pareja no sea lo mío” salen un montón de personas a decirte lo contrario intentando convencerte de que el amor “está a la vuelta de la esquina” y que simplemente “cuando menos lo esperes aparecerá” aún cuando nunca te ha sucedido. Yo también he pecado acá y prometo calmar.
Este tiempo en el me encuentro boyando entre: “me importa un carajo porqué no me quisieron” y ¨quizás sea la tía solterona de la familia” me he encontrado maravillosamente relajada y en completa armonía conmigo misma.
Solía pasar tanto tiempo mirando al otro, comparándome con otras mujeres, buscando complacer al de turno, que a menudo perdía mi completa esencia y las prioridades de mi vida, convirtiéndome en alguien que detestaba desde lo más profundo de mi ser.
Acepté mis errores, me perdoné, dejé de esperar, de preguntarme y de repente… cada día se llenó de otro tipo de amor: el propio. ¿Quién querría aventurarse y arruinar algo así? Ciertamente no me extrañaría que quizás yo misma, en un tiempo, cuando este confort se emocione ante la magia de alguna mirada, y estando segura de que no me convertiré en alguien que aborrezca ser, me lance a cambiar el aparente destino.
