A pocos días de cumplir años como siempre me encuentro en una profunda meditación donde intento seguir avanzando mientras me pierdo en mi interior.
Cuando estaba por cumplir 30 recuerdo haberme despojado de cientos de papeles que guardaba desde que había comenzado a vivir sola a los 18 y el resto de los que vinieron mi mente se ocupó más del festejo y celebración por un nuevo año de vida que de otra cosa.
Los balances siempre, o en su mayoría, fueron positivos. Tengo la fortuna de haber entendido tarde o temprano, que cada momento triste, complicado, difícil tuvo la indudable marca del aprendizaje.
Avanzar, crecer y volver a empezar cuando fue requerido fueron los motores de cada día así como también los ahogos, descansos y detenidas observaciones para retomar caminos cuando fuera necesario.
Anoche mientras me encontraba en la guardia del hospital por un inesperado sarpullido en mi cuerpo, me di cuenta que por primera vez en mucho tiempo, estar sola ante una situación así no me angustiaba.
Si bien era una situación leve y hasta insignificante siempre ante muchas similares, no tener un compañero de vida me había pesado considerablemente en momentos así. Y me detuve en ello, repasé todo lo vivido el último año y noté que había logrado calmar la necesidad de un abrazo de un compañero, para a cambio aprender, abrazar, la idea de que todo es temporal.
