Alrededor del 10 de septiembre del año 2002, sentada en el Burger King de Corrientes y Carlos Pellegrini, el joven al que hacia cuatro años juraba amar me dijo: «vengo a decirte lo que ya sabes. Conocí a alguien y quiero intentar una relación con ella». Así, sin cajita feliz ni combo mágico me reveló lo que durante semanas había sospechado. No era la primera vez en cuatro años que esto sucedía. Él siempre había elegido, preferido, buscado empezar una relación nueva con alguien más a tenerla realmente conmigo y tiempo después volvíamos pero en sus palabras, en su mirada llena de amor y entusiasmo (por esa nueva persona) radicaba la seguridad que esta vez era definitiva.
Vi como bajaba las escaleras hacia el subte y tuve esa horrenda sensación de estar completamente vacía.
Hubiera querido que esa sensación de vacío, de inexplicable dolor, asfixia y desesperación se hubiera marchado para siempre de mi vida, con él, con ese día, con esos pasos pero no fue así.
Desde entonces, el 90% de mis experiencias con un hombre han tenido prácticamente las mismas características. Algunos han permanecido un poco más que otros pero su oferta inicial es siempre la misma: «no quiero una relación, no estoy listo» y creo que olvido en ese momento decirme a mí misma que no la quieren conmigo porque muy poco tiempo después parecen haber encontrado la relación perfecta. ¿Y saben qué? A parte de ser «la conexión cósmica con la felicidad ajena» como leí alguna vez por ahí, ESTÁ MUY BIEN, allá ellos y acá yo: Holis!
